En 2020, la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) lanzó las directrices Words into Action: Involucrar a niños y jóvenes en la reducción del riesgo de desastres y el aumento de la resiliencia. Estas directrices se habían diseñado para implicar a niños y jóvenes a la hora de abordar los polifacéticos escenarios de riesgo que, por desgracia, se habían convertido en la nueva norma en muchas naciones. Un buen ejemplo de ello fue la pandemia de COVID-19, una crisis sin parangón en la historia reciente, que puso de manifiesto que las catástrofes rara vez ocurren de forma aislada. Esta pandemia no sólo causó un importante choque sanitario y económico, sino que también tenía el potencial de instigar otras crisis como conflictos, disturbios civiles y, cuando se combinaba con la crisis climática, podía dar lugar a resultados catastróficos. Casos como las inundaciones repentinas en la Comunidad Valenciana a principios de abril, durante el pico del brote de COVID-19, y la guerra en Ucrania, que provocó que los ucranianos se convirtieran en refugiados y, al mismo tiempo, desencadenó una crisis energética y alimentaria mundial, pusieron de manifiesto la imprevisibilidad y la aparición simultánea de múltiples emergencias. Los jóvenes constituyen aproximadamente un tercio de la población de la UE y la mitad de la población mundial. Con frecuencia son las principales víctimas de los riesgos medioambientales, tecnológicos o biológicos. Las repercusiones de las catástrofes sobre ellos son profundas y afectan a su bienestar físico y mental, su crecimiento, su acceso a la educación, sus oportunidades de empleo y su seguridad. En particular, los efectos de las catástrofes fueron muy pronunciados para los jóvenes que vivían en la pobreza y en otras condiciones de vulnerabilidad. Sin embargo, estos jóvenes representan el futuro de nuestras sociedades. Tienen un gran potencial en situaciones de emergencia, pero muchas iniciativas pasan por alto su participación en la planificación. Es crucial que los jóvenes estén equipados con los conocimientos necesarios para responder durante las emergencias y que todos los esfuerzos relacionados con los desastres reconozcan e incorporen sus necesidades y fortalezas únicas. Por ello, la creación de un programa de preparación de los jóvenes para desastres y emergencias había sido esencial dentro de la oferta educativa de las organizaciones juveniles. Tales programas podrían servir como activos inestimables para las comunidades. Al formar a los jóvenes en materia de preparación, se les podría capacitar para actuar con decisión durante emergencias reales, como el brote de COVID-19, la crisis energética y la inflación en la UE. Esta formación también les motivaría para promover la importancia de la preparación en sus familias y comunidades, sentando las bases para futuras generaciones de adultos preparados. Sin embargo, el éxito de estos programas dependía de la presencia de trabajadores juveniles formados. De ahí que el principal objetivo del proyecto "Prepared Not Scared (PNS)" haya sido dotar a los trabajadores juveniles de los conocimientos y aptitudes esenciales para introducir, evaluar y mantener programas eficaces de preparación de los jóvenes ante las catástrofes.